Si conociera el hombre comùn
los tratados de arte y de belleza
que reposan el los libros polvorientos
de grandes y magestuosas bibliotecas,
tal vez reducirìa el placer de lo observado
a una simple teorìa poco sensible,
poco vibrante y poco tierna.
Pero el hombre del campo o de la calle
no sabe mucho de Van Gogh o de Picasso,
simplemente se deja seducir por la quimera,
que resulta en su retina no tan fina,
de todo lo que observa y le genera
un estado de placer sin màs recurso
que el propio gozo de una vida simple y placentera.
Es asì como este hombre
sin estudios de arte ni academia
no necesecita de obras magestuosas
para sentir en sus entrañas la belleza.
los tratados de arte y de belleza
que reposan el los libros polvorientos
de grandes y magestuosas bibliotecas,
tal vez reducirìa el placer de lo observado
a una simple teorìa poco sensible,
poco vibrante y poco tierna.
Pero el hombre del campo o de la calle
no sabe mucho de Van Gogh o de Picasso,
simplemente se deja seducir por la quimera,
que resulta en su retina no tan fina,
de todo lo que observa y le genera
un estado de placer sin màs recurso
que el propio gozo de una vida simple y placentera.
Es asì como este hombre
sin estudios de arte ni academia
no necesecita de obras magestuosas
para sentir en sus entrañas la belleza.

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